A propósito de Bauman
Bauman, conocido por la lucidez de sus palabras, no hace prisioneros durante el primer capítulo de su obra Amor líquido. Yo, que conocía esa forma tan particular de denominar al amor por una canción de Juancho Marqués, aquella que por 2016 decía “completamente primitivo, dado que dependo de otra piel para soportar el frio”, me doy cuenta ahora de que el titulo tenía más sentido del que podía llegar a imaginar por entonces. En el primer capítulo, ‘Enamorarse y desenamorarse’, Bauman pisotea en repetidas ocasiones mis ganas de querer conocer alguien, pues al parecer de poco o de nada va a servir mi alteridad. Ay, como le gusta esa palabra… Si bien es cierto que estoy conforme con la gran mayoría de lo que dicen sus puñaladas durante esta primera parte, difiero totalmente en otras. Y es eso, de lo que trata el sociólogo polaco y pensador de la modernidad ‘liquida’ de lo que vengo a hablar hoy, las relaciones humanas, a propósito de Zygmunt Bauman.
Empezaré por lo más fácil, como si de la hora del té se tratase antes de entrar de nuevo a la trinchera. Y es que, no hay nada más sencillo que leer, asentir e incluso llegar a sonreír cuando estas conforme con algo. En ocasiones incluso ves tu imagen reflejada hasta tal punto en las palabras que lees que te imaginas al autor vigilándote por una pequeña mirilla mientras escribe sus líneas.
“No es posible aprender a amar, como tampoco es posible aprender a morir. Y tampoco se puede aprender el esquivo -el inexistente, por mucho que deseemos poseerlo- arte de zafarnos de su presa y de mantenernos apartados de ellos. El amor y la muerte caerán sobre nosotros cuando llegue el momento; el problema es que no tenemos ni idea de cuándo será ese momento”.
No podría ser más certero con esta primera afirmación, pues el amor aparece, muchas veces enmascarado y por la espalda, para golpearte y atraparte en unas redes de las que escaparse no es tarea sencilla. El amor, como la muerte, son cosas que todos esperamos recibir, antes o después, pero nos llegarán.
Es imposible saber qué hacer ante tal responsabilidad al igual que es imposible saber cómo hacerlo pues no habrá oportunidad de repetir y mejorar. No es este el caso del amor, que con condiciones se salta la norma, pues llega y se esfuma tantas veces como cree conveniente. Lo que está claro es que aprender a amar es difícil empresa y la asidua práctica, en este caso, no hace al experto.
Primer paso dado, vamos a por el siguiente. El amor una vez más en el cuadrilátero. Bauman lo enfrenta al deseo y nos recuerda el ejemplo del arquetipo de Don Juan traído esta vez por la pluma de Soren Kierkegaard. Aquel Don Giovanni del que hablaba el filósofo danés era un arquetipo de “impotente amoroso” y así lo define el autor:
“Si el amor fuera el fin verdadero de la búsqueda y experimentación infatigables de Don Giovanni, esa compulsión suya por experimentar lo desmentiría”.
Y es que es deseo y no amor lo que inunda la búsqueda interminable de experiencias que no construyen, sino destruyen, dificultando más si cabe el aprendizaje del arte de amar dando paso al desaprendizaje con la suma incalculable de experiencias. Suma de desechos que ya no atraen, sino que generan repulsión.
Para no ser demasiado adulador y porque así lo he prometido, continuaré con partes de este capítulo con las que no estoy de acuerdo. Dice Bauman:
“Mientras viva, el amor estará siempre rondando el filo de la derrota. (…) Jamás adquirirá una confianza lo suficientemente fuerte como para dispersar las nubes y sofocar la ansiedad. El amor es un préstamo hipotecario suscrito a una cuenta de un futuro incierto e inescrutable”.
Sigue varias líneas más insistiendo en la idea de que el amor es tan aterrador como la muerte, aunque tape esa faceta con deseo y entusiasmo y diciendo que las promesas del amor son menos ambiguas que sus dotes efectivos. Y yo creo que ahí es donde radica la diferencia y es que la muerte es lo verdaderamente terrorífico, su promesa, es la única promesa cumplida. El amor, doloroso, puede generar rechazo por esta misma condición, pero tiene sus promesas muy ligeramente atadas (los vínculos son frágiles) por lo que se podrá repetir, se podrá buscar y lograr una efectividad plena.
La incertidumbre que genera el amor arrasa la certeza de la muerte, por lo que, más allá de encontrar similitudes, creo que es inútil comparar una y otra si no es desde el punto de la muerte del amor, de lo que ahora no puedo hablar. El problema de la ambigüedad de las promesas del amor es que necesita de dos personas que prometan. Para la muerte eso no es necesario. La muerte llama a la puerta de cada uno, con o sin aviso y no hace falta una segunda persona para que esto se cumpla. El amor y la muerte tienen muchas diferencias, pero hay quien huye de ambas con la misma intensidad.

Otro de los puntos en los que difiero del punto de vista del autor, es en la idea del amor como inversión. Si bien es cierto que concuerdo en la crítica que hace de forma implícita mediante la comparación entre el deseo y apetito hacia el consumo de cuerpos con el consumo de bienes materiales, no puedo decir lo mismo cuando explica la impaciencia que sentimos ante la falta de rendimiento de nuestros activos invertidos en el amor; es decir, el tiempo o “esfuerzo”. Simplemente leer la palabra esfuerzo cuando se habla de amor me deja completamente descolocado. Si tan frágiles son esos vínculos humanos, ¿por qué alguien iba a esforzarse en mantener un vínculo insatisfactorio?
Tampoco entiendo que considere que debamos ser recompensados cuando dedicamos nuestro tiempo, dinero o lo que fuere a una relación, al igual que tampoco entiendo que reniegue de las promesas de compromiso pues "no significan nada a largo plazo". Hablar sobre amor con términos como “oportunidades” o “necesidad” es incongruente como poco.
Si que entiendo que hable de seguridad. Y entiendo que hable de inseguridad, tanto dentro, como fuera de una relación, pero cuando esa inseguridad se da, sea en el contexto que sea, el problema es de uno propio y no se puede reclamar ni exigir nada a nadie. Si no somos capaces individualmente de solventar esa situación, es muy probable que una relación sea lo último que necesitemos, porque no solo puede agravar ese problema propio, sino que además puede que las consecuencias las acaben pagando dos personas y no solo una.
“Si no hay una solución buena para un dilema, si ninguna de las medidas supuestamente sensatas y eficaces nos acercan a la solución, las personas tendemos a comportarnos irracionalmente, lo que agrava el problema y hace que la solución de este sea una posibilidad menos verosímil si cabe”.
Y es que entre el dilema de no saber cómo actuar frente al amor del que hablaba más arriba y el dilema de optar por cambiar las piezas y no por arreglarlas cuando algo falla en una relación que comenta Bauman, hay algo en común. Cuando no sabemos cómo actuar, empezamos a hacerlo de forma irracional. Nadie nos ha enseñado a amar o ser amados, eso es verdad, pero no hay nada más sencillo que dejar hacer. Hemos construido nuestro ser y ahora toca construir nuestro ser amado. Seamos un lienzo en blanco, listo para ser pintado. Mientras eso ocurre y el pintor imprime capas sobre nosotros hay una diferencia que debemos tener en cuenta. La tela no explica cómo se siente bajo esas capas de pintura, en cambio, nosotros, debemos hacerlo.

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