El tiempo
Me fascina, en cambio, la concepción que tenemos sobre la simple forma de medir la duración entre el acontecer de dos hechos. Soy hipócrita y también me contradigo, fijaos bien. Mil interpretaciones distintas y ninguna errónea. El tiempo mide la separación de dos sucesos, el tiempo por tanto es infinito, pues desconocemos cual es el primer y último hecho que se mide, pese a que puede ser acotado a gusto de consumidor. Los griegos tomaban el tiempo únicamente para medir el período entre las olimpiadas o desde que se inició una guerra, es decir, la sucesión de dos actos es necesario.
Aborrezco también cualquier tipo de concepto que se relacione con el tiempo de una forma banal. Destino, azar o albedrío se utilizan como quien utiliza una servilleta. Uno escupe todo lo que cree conveniente, se limpia, tira la servilleta y vuelta a empezar. El destino no existe, el azar es condicional y el albedrío tiene más limites de los que somos capaces de observar.
El tiempo se entrelaza como los eslabones de una cadena. En esos eslabones se establecen unas condiciones que denominaremos como “campo de juego”. Físicamente es imposible actuar fuera del campo. Toda la historia de la humanidad ha sucedido dentro de esos eslabones que con el propio paso del tiempo va haciendo la cadena más y más larga, hasta alcanzar la desconocida magnitud. Cada persona es parte de un eslabón y aportar su propio eslabón. En definitiva, con intención o no, todos somos participes de esa forja. Lo que no consiente esta cadena es que se construyan eslabones cuando los anteriores no han sido fijados. El destino nunca está escrito y el futuro no ocurre más que por un albedrío que nosotros mismos hemos limitado y por un azar que hemos condicionado. Y aún así hay quien se sorprende cuando se dan unos hechos que ellos mismos han propiciado.
El concepto del tiempo comenzó a fascinarme recientemente pese a que ya había leído sobre ello. Más que a fascinarme comenzó a aterrorizarme el hecho de la enorme complejidad que tiene. Mi tiempo está acotado dentro de su propia duración infinita. El problema es que desconozco esa duración. Aunque pensándolo bien, más me inquietaría conocer cuando mi eslabón quedará fijado por completo.
El destino o la predestinación cristiana son conceptos cobardes que no sirven más que para escudarse y justificar una serie de malas decisiones, para autoconvencerse de que las decisiones no pueden ser cambiadas y para eliminar el peso que conlleva la forja del eslabón pues al fin y al cabo quedará fijado cuando el tiempo se agote sea cual sea el resultado. Las consecuencias de las acciones y decisiones de cada persona condicionarán el tiempo, condicionarán, lo creamos o no el azar y nos darán nuevas opciones donde nuevamente podamos “libremente” elegir. Los eslabones que diariamente, a cada momento construimos, son parte de ese eslabón más grande del que formamos parte. Y así, entraremos en un proceso repetitivo dentro del campo de juego que el tiempo nos delimita.
El azar, condicional, aunque no predictible, no quiero que se me malinterprete, no es más que la suma constante de las múltiples y distintas sucesiones de hechos que mide el tiempo. El albedrío no es más que la forma final en la que proyectamos nuestros deseos y los materializamos. No existe el “libre” albedrio. Es la forma última en la que acotamos una sucesión de hechos dentro del campo de juego que condiciona de forma directa la sucesión de los hechos siguientes.
En definitiva, el tiempo, infinito, es modificable, moldeable en las manos de cada quien, pero nunca podrá destruirse, rehacerse o predecirse, tan solo seremos vagamente capaces de condicionarlo.
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